Los puntos de Artur Mas
Hace unos días que las elecciones catalanas comparten conmigo el desayuno. Y no sólo el desayuno, sino también el almuerzo y la cena. Me temo que no soy el único en atragantarme una vez más con las propuestas de un tripartito que hace tiempo rompió sus nupcias. Porque todo el mundo sabe que la poligamia está prohibida y no va a ninguna parte. También me indigestan los huevos, las caceroladas, los gritos y las pintadas aunque sean aves populares, pero ése es otro tema.
Lo cierto, es que los grados de demagogia de algunos políticos van a explotar pronto el termómetro de los ciudadanos. Ésos que decididamente o no, votaron por unos representantes que a día de hoy y en su gran mayoría representan nada más que sus propios intereses. Que si un pisito por aquí, que si unos terrenos por allá, que si mi once por ciento, que si ingreso un millón de euros en Andorra...
Así continúa la bola de una corrupción que cada día aumenta y a la que todos juegan. Pero si me disculpan, prefiero seguir tomándome el café porque mi indignación tarda en enfriarse.
Ahora me gustaría contarles una historia, o mejor dicho, un cuento. Ése que apareció en los medios de comunicación a finales de la semana pasada y que levantó las astillas de más de un cayuco. El protagonista no es otro que Artur Mas, un director novel que pretende emular a Santiago Segura, en esta caso con "Corrupción en Cataluña". Su dedicación a la gran pantalla ha mermado por unos días su capacidad como político (si alguna vez la tuvo), para deleitarnos con la creación de un nuevo carnet, el de la humillación.
El susodicho carnet ha de llevarse siempre encima para el buen funcionamiento del inmigrante. Consiste en una simple tarjeta con el nombre, país de procedencia, edad, estado civil, orientación sexual y hasta una casilla libre a rellenar irregular o regular. Todo con las ventajas que el carnet puede ofrecer al indocumentado, valga la paradoja. Desde una cómoda plaza de alojamiento bajo un puente, cuatro comidas a la semana, quince horas de trabajo diarias, un sueldo por debajo de la media, o incluso un asiento de primera clase en la patera de regreso.
Ahora es cuando pensarán que la cafeína se me ha subido a la cabeza, pero no es así. La ironía es la única herramienta que tengo para luchar contra la repugnancia que me produce esta idea. La idea de un político que pretende catalogar a los inmigrantes en inmigrantes de primera y segunda, que no ciudadanos. Porque el concepto de ciudadanos andaría muy lejos según esta clasificación.
Sinceramente, el problema es más grave de lo que parece. La deshumanización es el cáncer de una sociedad que aboga por el papel, por el documento, por la burocracia, por la organización. La política de hoy gira en torno a una noria desde la que los problemas se ven como hormigas. Hormigas, que sin darnos cuenta aparecen aplastadas bajo las suelas de los zapatos.
Por eso, "el bien de altura" de nuestros gobernantes nos ha llevado a este extremo. Artur Mas apuesta por una cartilla que premie a los inmigrantes mejor integrados. Aquellos que aprendan catalán por ejemplo, sumarían puntos a la hora de acceder a ciertas prestaciones. Es la escuela de la suma y la resta, donde no parece existir el signo igual. Las matemáticas es la asignatura que sigue dividiendo el fenómeno de la inmigración mientras la Ética nos queda para septiembre. Esperemos, al menos, que a Mas le cosan los puntos de la testa, porque ese golpe ha sido sencillamente inhumano.
Lo cierto, es que los grados de demagogia de algunos políticos van a explotar pronto el termómetro de los ciudadanos. Ésos que decididamente o no, votaron por unos representantes que a día de hoy y en su gran mayoría representan nada más que sus propios intereses. Que si un pisito por aquí, que si unos terrenos por allá, que si mi once por ciento, que si ingreso un millón de euros en Andorra...Así continúa la bola de una corrupción que cada día aumenta y a la que todos juegan. Pero si me disculpan, prefiero seguir tomándome el café porque mi indignación tarda en enfriarse.
Ahora me gustaría contarles una historia, o mejor dicho, un cuento. Ése que apareció en los medios de comunicación a finales de la semana pasada y que levantó las astillas de más de un cayuco. El protagonista no es otro que Artur Mas, un director novel que pretende emular a Santiago Segura, en esta caso con "Corrupción en Cataluña". Su dedicación a la gran pantalla ha mermado por unos días su capacidad como político (si alguna vez la tuvo), para deleitarnos con la creación de un nuevo carnet, el de la humillación.
El susodicho carnet ha de llevarse siempre encima para el buen funcionamiento del inmigrante. Consiste en una simple tarjeta con el nombre, país de procedencia, edad, estado civil, orientación sexual y hasta una casilla libre a rellenar irregular o regular. Todo con las ventajas que el carnet puede ofrecer al indocumentado, valga la paradoja. Desde una cómoda plaza de alojamiento bajo un puente, cuatro comidas a la semana, quince horas de trabajo diarias, un sueldo por debajo de la media, o incluso un asiento de primera clase en la patera de regreso.
Ahora es cuando pensarán que la cafeína se me ha subido a la cabeza, pero no es así. La ironía es la única herramienta que tengo para luchar contra la repugnancia que me produce esta idea. La idea de un político que pretende catalogar a los inmigrantes en inmigrantes de primera y segunda, que no ciudadanos. Porque el concepto de ciudadanos andaría muy lejos según esta clasificación.
Sinceramente, el problema es más grave de lo que parece. La deshumanización es el cáncer de una sociedad que aboga por el papel, por el documento, por la burocracia, por la organización. La política de hoy gira en torno a una noria desde la que los problemas se ven como hormigas. Hormigas, que sin darnos cuenta aparecen aplastadas bajo las suelas de los zapatos.
Por eso, "el bien de altura" de nuestros gobernantes nos ha llevado a este extremo. Artur Mas apuesta por una cartilla que premie a los inmigrantes mejor integrados. Aquellos que aprendan catalán por ejemplo, sumarían puntos a la hora de acceder a ciertas prestaciones. Es la escuela de la suma y la resta, donde no parece existir el signo igual. Las matemáticas es la asignatura que sigue dividiendo el fenómeno de la inmigración mientras la Ética nos queda para septiembre. Esperemos, al menos, que a Mas le cosan los puntos de la testa, porque ese golpe ha sido sencillamente inhumano.

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