Ménage à trois

domingo, diciembre 31, 2006

Adiós año 2006

Esta noche termina el sexto año que hemos pasado con un dos y dos ceros en la fecha. Parecía que iba a ser un fin de año vulgar y corriente, con música de Emiliana Torrini, en familia, con los amigos, trabajando, riendo, con Ramón García… Pero desde ayer por la mañana, todo ha parecido torcerse. Una furgoneta cargada con doscientos kilos de explosivo ha destrozado parte del aparcamiento de la T-4 de Barajas. La última ampliación del aeropuerto, de la que tan orgullosos nos encontrábamos, ha sido embestida por los terroristas. Pero no sólo ha sido un ataque a las infraestructuras del país, ha sido un mensaje alto y claro.

El Presidente del Gobierno ha respondido. Se ha suspendido el proceso para lograr el fin dialogado del terrorismo en España. El Ejecutivo ha hecho todo lo humanamente posible para llegar a un consenso. No ha sido posible y por tanto, se ha concluido todo diálogo permisible. Se pusieron unas pautas que debían cumplirse para llegar al acuerdo con la banda terrorista, unas pautas que fueron aprobadas por el Parlamento, y que consistían, sencillamente, en el abandono de las armas. No las han dejado, así que, ahora habrá que optar por otras vías.

Recuerdo cómo, estando en el Senado, me enteré del anuncio, aquel 22 de Marzo, del alto al fuego de ETA. Nueve meses han transcurrido desde entonces, y, curiosamente, en la mente colectiva, como en la mía, sólo queda un recuerdo continuo: la actitud del Partido Popular. Está claro que ellos ya habían pasado por todo esto. Tenían más experiencia que el actual equipo de gobierno, por supuesto. Y eso hay que reconocerlo. Pero no queda en el recuerdo el que la oposición haya aconsejado al Presidente, ni que haya tenido un talante constructivo, en absoluto. Queda el ataque frontal e irracional hacia cualquier razonamiento lógico del Ejecutivo. Las manifestaciones de la AVT, o lo que es lo mismo, del PP, llenaban las calles con personas indignadas sin sentido alguno gritando soberanas idioteces contra José Luís Rodríguez Zapatero y su equipo. Los “videos corporativos” han sido también una constante durante todo el proceso. Desde la oposición, a la desesperada, acusaban a Zapatero de ceder ante los terroristas, pero se han tenido que comer sus palabras, ya que no se ha cedido nada (de haberse cedido, está claro que no habría existido el atentado de Barajas). En cambio, ellos sí que cedieron… pero eso es otra historia, y no es plan de recordarla, ya que estamos de fiesta, hoy es nochevieja, hoy acaba el año 2006 y comienza el año Bond, el 2007.

Terrorismo al margen, o al menos independentista, este final de año ha contado con una noticia más. El terrorismo de Estado, también ha sido protagonista. La ejecución de Sadam Husein ha sonado poco en España, lógicamente, pero ha llenado los periódicos y los informativos internacionales. Sólo hay que pasearse por Internet para ver que la noticia más importante de estos días ha sido esa: el asesinato del tirano. Desgraciadamente, esa ejecución no ha servido para nada. El mundo entero comenta una muerte, la de Sadam (el demonio para los americanos…), y olvida a los setenta muertos que ha habido hoy en Irak como resultado de la cadena de atentados ocurridos allí. Según el juez Abbawi, que estuvo presente en la ejecución, ha afirmado a los medios de comunicación que Sadam Husein “Rechazó que le cubrieran su cabeza antes de que le pusieran en la horca. Tenía en la mano un Corán, y leyó las frases No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”. Sin lugar a dudas, un final de película para una vida de película.

En la India, sin embargo, la noticia ha sido bien distinta. Un tipo, un hijo de puta que sí que habría que colgar, ha sido detenido por la violación y el asesinato de doce niños. Sin lugar a dudas, espero que le hagan pasar por el infierno a ese hijo de puta durante el resto de su vida.

Y más noticias de fin de año. Tenemos una nueva isla, en el Ártico. Se ha desprendido de Canadá por el desprendimiento del hielo. Un experto (los que entienden saben que los expertos son aquellos que antes eran pertos, pero que ya no lo son) ha declarado tras visitar la nueva isla: “Es un acontecimiento espectacular y turbador. Demuestra que estamos perdiendo partes fundamentales del norte de Canadá que habían estado allí desde hace miles de años. Estamos atravesando un umbral climático, y esto puede ser una señal del cambio acelerado que nos espera por delante”. Ahí queda eso.

Otro hecho científico. En Teruel se excava para sacar a la luz el esqueleto (como sabrán no es hueso, sino roca) del mayor dinosaurio que existió en Europa. Lo han bautizado como Turiasaurus riodevensis. Se trata de un saurópodo, sí, de esos de cuello largo, que caminan apoyados en las cuatro patas, y de cola también larga. Para que se hagan una idea del tamaño del señor dinosaurio, les diré que lo que primero sacaron fue el dedo gordo de una de las patas traseras, y que medía treinta centímetros. Si han visto la película Parque Jurásico, les diré que era más grande que ese alto con el que se encuentran los protagonistas nada más llegar al parque, cuando aún van en jeep de gasolina. España, gracias a la inversión del parque jurásico ibérico, el Dinópolis, comienza a despuntar en cuanto a hallazgos paleontológicos.

El año ha sido complejo, pero el fin de año se ha encontrado repleto de noticias interesantes, y, al mismo tiempo, dramáticas y terribles. Ya veremos qué nos depara el año que viene, el año Bond.

Espero que mañana, si no están haciendo el idiota en la manifa que han planeado los secuaces de la AVT, pasen una fantástica noche de fin de año. Yo me despediré este año en Córdoba, la ciudad más bella del mundo, subjetivamente, claro.


FELIZ AÑO NUEVO




lunes, diciembre 25, 2006

La vida al revés

Mis cenizas aún contagian la lágrima de aquella mujer. Atónita y observando incrédula mi cuerpo sobre la cama del tanatorio. Todavía pintan las mejillas de ese color a muerto que tanto odiaba mi hija pequeña. Y mientras sufro un ataque al corazón, el bolígrafo no deja de firmar papeles y papeles que la verdad no sé bien que significan.
Todo se ha contagiado de sinceridad. La misma que mi esposa exigió en el divorcio, cuando mi abogado aceptaba sin condición tras una mirada cómplice. Se había esfumado. Como el humo del último cigarrillo que ahora dormía en el cenicero. Tenía cincuenta años y una vida por delante. Ni siquiera había llegado a probar el pastel de la juventud. Ese trozo que esgrimían los libros era el aperitivo de la máxima sabiduría, el nacimiento.
Pero a los cuarenta, nadie tenía la certeza de ser fijo en su puesto de trabajo. Con todo aquel calvario que pasé durante el embarazo de María, mi esposa. Tan bella que tenía la facilidad de estar elegante con cuatro rulos atravesados en la cabeza.
Eran otros tiempos decía mi amigo David, cuando se acercaba a por la primera copa con las chapetas encendidas. Habían pasado tres décadas y ya notaba desteñir mis canas al negro que siempre soñé. Al igual que la sonrisa que vestia cada mañana en la Universidad, con ese pelo azuzado por el aire por primera vez.

Mis arrugas se desvanecían sin dejar rastro. Embebidas por una adolescencia que adivinaba con el bastón entre los dedos. Tenía la agilidad de la que escuché hablar en los tomos de fisiología. La mentalidad que la denominada “edad del pavo” coloreaba con hormonas cada palmo de mi cuerpo. La sexualidad exclavizante del que no sabe contenerse. Pero en realidad aún no conocía el significado de la palabra aprender.
Desde mi propia existencia nací con todos los extras. Con la capacidad de discernir, de razonar, de memorizar, de soñar, de equivocarme, de vanalizar y hasta de llorar. Todas menos una. Quizá la más importante: la de reír. El silencio que me ahogaba en un vaso lleno de pastillas azules, amarillas y rojas. El dolor que desaparecía sin la huella del reuma, parecían cobrar un nuevo sentido. Un enigma que no era capaz de descifrar. El jeroglífico que me daría la clave para seguir viviendo. Pues cada hoja muerta en el calendario era un anticipo de lo que llegaría a ser, de lo que llegaría a convertirme.

Con dieciocho años uno no sabe muy bien que carrera escoger. Mi padre insistía en que estudiar sería mi único porvenir. La manera de ser alguien en este mundo de buitres buscando la carroña del dinero. Con sus cordiales saludos impresos en cada documento. Con sus barrocas firmas mostrando el último vestigio de una oligarquía supuestamente extinguida.
Poco a poco se acercaba el momento de mi primer beso. De sentir por fin que el mundo se componía de dos mitades. De dos hemisferios asemejados de diferencias: el hombre y la mujer.

Ya no gastábamos nuestro tiempo en discutir por una balón. Ya no dedicábamos las horas a colocar motes al profesor de historia, ni tampoco a sabotear la clase de inglés. Sino que los segundos se desnudaban con un sólo vicio, con una única droga, la de reir. La risa era la que limaba las asperezas en esta invertida existencia. La acompañante de una viaje hecho desde el final. La virtud añadida de olvidar lo anterior en el siguiente paso evolutivo.

Y así me fuí dando cuenta de porqué recordamos la historia, de porqué necesitamos desglosar con nostalgia cada navidad. De porqué tenemos la costumbre de no acostumbrarnos. De porqué cambiamos de familia cuando crecemos. De porqué nuestros amigos ya son conocidos. De porqué nuestra diversión ya es nuestro trabajo. De porqué nuestra tiempo se convierte en oro. De porqué los sueños se dibujan en la vigilia.
Y hoy, con poco más de un año, he dicho mi primera palabra. Recorriendo el pasillo después de acabarme el biberón la he pronunciando: Gracias. Gracias por haber aprendido. Gracias por no haber nacido al revés.

miércoles, diciembre 20, 2006

Duadix Popular


Está bien que la oposición, que para eso es oposición, haga ruido, grite, se enfrente a todo, irracionalmente, y hasta insulte inventándose descalificativos. Es oposición y ha de oponerse a todo lo habido y por haber, a todo cuando diga y haga el Gobierno. Si estuvieran de acuerdo, ya no serían oposición, serían hinchas. Está bien que el grupo popular se haga notar, debe aparecer en los medios, la gente ha de hablar de ellos. Y esto es porque, queramos o no, se han de enfrentar en unas elecciones, y as
piran a ganarlas, por lo que la gente tendrá que conocerlos. De acuerdo.

Pero la función de oposición y los actos que pueden llevar a cabo, tienen un límite. Pueden mentir, claro, esto es política, pero hay un límite. Y ese límite ha sido sobrepasado extraordinariamente al publicar en su web, el Partido Popular de Guadix (un pueblo de la provincia de Granada), donde se dice, directamente, que Zapatero pactó con ETA la matanza del 11-M. Repito: Zapatero pactó con ETA que se pusieran bombas en Atocha.

Sinceramente, no sé si reír ante, y con perdón, soberana subnormalidad, o indignarme hasta niveles estratosféricos.

El video, cierto es, rulaba por Internet desde Dios sabe cuánto tiempo, y que la autoría es más dudable que la división de España, pero al ser colgado en la página web del PP se le ha querido dotar de credibilidad (todos sabemos que cualquier página popular carece de credibilidad, pero ellos lo intentan). Por supuesto, ante la falta de valentía siempre demostrada, han corrido a retirar el video, y en su lugar han puesto una nota explicativa. Allí aseguran haber tomado todas las medidas oportunas, como, brillantemente, despedir al responsable que colocó allí el video.

Álvarez de la Chica, secretario provincial del PSOE, ha pedido, como es lógico, mayores responsabilidades, ya que despedir a algún chaval que estaba más atento a quedar bien ante su sectario entorno que de hacer algo inteligente, no es suficiente.

Se trata, nuevamente, de un acto deliberado por vender esa chorrada de que fue la banda terrorista eusquera, la que cometió la barbarie en Madrid. También es un acto desesperado por hacer creer a al ciudadanía que el Partido Socialista, tiene responsabilidades al respecto. El video asegura que Zapatero tenía contactos con ETA desde 2002, para que hicieran el atentado...

Total, que no hay que darle más importancia a este asunto miserable. Todo dependerá de lo que digNa hoy Rajoy y Javier Arenas, que curiosamente estarán en Baza y Guadix. Casualidades de la vida, sin lugar a dudas. Desde aquí espero que le vaya bien al presidente del PP, que aunque no lo parezca, es Rajoy, en el acto que tendrá lugar en la Iglesia de la Merced de Baza, donde será nombrado Hermano Mayor Honorífico de la Virgen.

¿Alguien decía que el PP no vivía aún en tiempos pasados? Tal vez algún día se den cuenta de que estamos en el siglo XXI (siglo dos mil, como digo aquél) y que están en la oposición por su culpa, y no por la de nadie más.

Si queréis echaros unas risas, el video sigue en You Tube. Aquí.



miércoles, diciembre 13, 2006

Australia arde y nosotros sin sentido común.

Les voy a pedir, en esta ocasión, que imaginen conmigo. Será un ejercicio sencillo. Sólo hay que imaginarse caras.

Imaginen una población cualquiera de un país cualquiera. Ahora visualícenla. Encontrarán a personas normales y corrientes, con sus vidas, sus problemas, sus ocupaciones, sus amores, sus temores, sus pasiones. Habrá personas que quieran a sus hijos. También las habrá que aspiren a ganar dinero a espuertas. Tiene que haber, por supuesto, gente que disfrute con la belleza. Habrá pintores. Y médicos. Hasta abogados. Gente que limpie los portales de los edificios. Gente que rellene formularios. Observen que hay chicas guapas. Y también tíos bastantes feos. Encontramos maridos infieles. Mujeres que ocultan embarazos. Políticos que dicen mentiras en su cama. Y hasta chavales comprando revistas porno. Hay personas de todo tipo. Famosos. Famosillos. Ustedes mismos, estén donde estén y hagan lo que hagan, podrían ser un perfecto ejemplo de una persona cualquiera.

Las personas normales, como ustedes y como yo, tenemos sentido común. Todo el mundo lo tiene. Tal vez algunos individuos lo tengan más atrofiado que otros… eso explicaría muchas cosas. Pero por derecho propio, cada uno de los humanos posee determinadas… funciones. Entre esas funciones está el sentido común. Éste, nos lleva a juzgar siguiendo una especie de objetividad superior, cada uno de los actos que nos mueven a lo largo de nuestra vida. Ese sentido común hará que jamás se nos ocurra meter la mano en una hoguera. Por simple observación, desde que somos niños descubrimos que el fuego quema, y que por nuestra salud, no debemos interponer partes de nuestro cuerpo en el camino de ninguna llama. Del mismo modo, cuando nos asomamos a un acantilado o al vacío desde un edificio alto, lo último que se nos pasa por la cabeza es ponernos a hacer aspavientos (los hay que lo hacen, pero eso más que temerarios es que son idiotas). Sabemos que una caída de un sitio superior a un metro, ya conlleva dolor o la muerte. La observación, como vemos, es imprescindible para poder hacer uso de un útil sentido común.

La observación, nos lleva a la Educación. Con observación, quiero referirme a todo lo que llega al encéfalo procedente del exterior, es decir, imagen, sonido, tacto, etcétera. La Educación, con mayúscula, es el proceso por el cual creamos el sentido común. Gracias a lo observado y aprendido, puede que no quisiéramos escupirle a un Guardia Civil nada más acercarse a nuestro coche para pedirnos la documentación. Del mismo modo, no le pegaríamos un guantazo a nuestro jefe cada día al entrar en la oficina (si se deja, ojo, debemos hacerlo). El sentido común, por tanto, nos protege. Si le escupiéramos a la benemérita por simple acto reflejo, más nos valdría demostrar que es un problema psicológico, porque de lo contrario, nos caería una buena multa (si no una hostia, que es lo que tocaría en otros tiempos). Y si saltáramos desde un rascacielos con la idea de que el suelo va a ser de goma, es muy probable que descubriéramos la realidad bien tarde.

Éstas son cosas que no hemos nacido sabiéndolas. Las hemos aprendido. Si en nuestra casa nos hubieran dicho desde siempre que a los agentes del orden, hay que escupirles, seguro que lo estaríamos haciendo con toda la naturalidad del mundo. Pero a la primera manifestación de querer hacerlo, nuestras madres nos dijeron que ni se nos ocurriera, que se nos podía caer el pelo. Y nosotros, impresionados antes la idea de la alopecia, decidimos no escupirles a los guardias civiles. Así pues, el sentido común, el menor de todos los sentidos, es producto de lo que nos han enseñado. Si nos enseñan que la lluvia, por ejemplo, produce la muerte, os aseguro que ninguno de nosotros sabría qué es sentir las gotas caer sobre nuestras cabezas en una tarde de invierno. Huiríamos de la lluvia con desesperación.

Pero el sentido común no se limita a actos físicos, digamos. Este sentido nos hace reaccionar ante los demás. Nuestro sistema político, social, económico y demás, hace que tengamos unos principios creados según nuestra socialización. De ahí que veamos la libertad de expresión, o el divorcio como algo de sentido común. Mucha gente no llega a comprender cómo dos mujeres o dos hombres pueden llegar a casarse. El sistema de razonamiento de estas personas, su sentido común, no asimila, de ninguna manera, la homosexualidad. Hace un tiempo, muchas voces se alzaron contra el matrimonio, que eso iba a destruir la familia tradicional, que dejaría huérfanos por doquier, que el mundo de Dios se acabaría. Pues ni el mundo se acabó, ni hay huérfanos por las esquinas y, mucho menos, la familia ha desaparecido. A muchos, la mayoría, nos parece razonable y absolutamente normal, que se amplíen los derechos y las libertades. Estamos en el mundo civilizado, y por tanto, es de sentido común que se dote de total control sobre su vida a cualquier persona. A nadie se le puede imponer una voluntad ajena, me dice mi sentido común. Esto sí es alterable cuando una persona está inflingiendo daño a otra, entonces el Estado, mediante leyes explícitas, ha de ejercer la violencia para la que está autorizado y castigar al individuo de marras. Una vez más, esto es una conjetura derivada de mi sistema de razonamiento, que puede no ser compartido por todo el mundo.
Pues bien, ahí es muy probable que esté la clave. No todo el mundo posee el mismo sentido común. Hay personas que escupen a policías, o que se la juegan al borde de un acantilado por mero entretenimiento, o que meten la mano en el fuego para echarse unas risas. Así pues hay personas que matan a otras personas. Pero hay algo que es compartido por todo el mundo, por todos y cada uno de los solitarios huéspedes de este planeta: el querer sobrevivir.
Y esto me lleva a pensar que hay una minoría, porque lo son, una minoría, que no quiere sobrevivir. Si no, ¿cómo diablos alguien puede gritar a favor de la dictadura de Pinochet? ¿Cómo es posible que la gente llore porque ese asesino, ese dictador, ese gran hijo de puta, haya muerto? ¿Cómo es defendible? Mis valores, mi amor a la vida, mi placer ante la libertad, mi confianza en la humanidad, todo, absolutamente todo lo que hay en mí se enfrenta, choca, ante el sentido común de esas personas.
¿Es que quieren vivir sin libertades? ¿Quieren que les impidan pensar diferente? ¿Les gusta ver a sus compatriotas lanzados desde aviones? ¿Sienten placer al desear la muerte a todos los que no son como ellos?
En mi casa me enseñaron a ser responsable y a ser consecuente con mis actos. Me enseñaron unos principios de profesionalidad y de compromiso. También me enseñaron a querer a este planeta, a ver sus riquezas. Y éstas no son sólo montañas, ríos, bosques, sino sus gentes. Me encanta la diversidad que contiene esta pequeña roca que orbita al Sol, y me enfurece saber que hay personas que odian esa diversidad. Mi sentido común choca con el de esas personas.

Por tanto, volvamos al ejercicio que quería que hicieran conmigo. Imaginen una sociedad, con todas sus caras, con todas sus vidas. Y ahora piensen que llegan unos pocos y les ponen a todos la misma cara, la misma vida. Y si alguien se enfrenta a ello, tendrá cómo única recompensa a su sentido común, la muerte. ¿Es posible que una sociedad sea así feliz? ¿Es posible que una sociedad dictatorial de cabida al sentido común? No.

Y mientras, Australia, ardiendo.

domingo, diciembre 10, 2006

El doctor sin HOUSE (reportaje)

Anthony Roderick.Varón. Casado. Treinta y cinco años.
Transportista internaci
onal. Sufre agotamiento
prolongado, episodios nocturnos de febrícula y pérdida de peso no intencionada. No suele acudir a la consulta salvo por ocasionales infecciones de la vías respiratorias, aunque tiene antecedentes de enfermedades de transmisión sexual (ETS), y está resfriado
¿Resfriado? Pregunta irónicamente el doctor a la joven residente mientras su mano derecha aprieta una de esas esponjosas bolas antiestrés.
Sí, resfriado. Acaba de ingresar, está en la habitación sesenta y nueve con 38º de fiebre.
¡Vaya! Qué mala suerte... habrá que buscar un pañito mojado para bajarle ese calentón. Con lo que simpre me ha gustado ese número[...]

Éste podría ser un fragmento del guión de una de las series de mayor actualidad de la televisión: el doctor House. Un médico que con nombre de casa, ha entrado en los hogares españoles después de visitar la morada ficción de los americanos.
Porque House, que rara vez despertaría la simpatía de los pacientes en la vida real, paradójicamente, resulta gracioso cuando su intolerancia se muestra en la gran pantalla. "Nuetra sociedad no aceptaría a un médico como él, pero en la tele resulta simpático", comentaba uno de los especialistas en cuidados paliativos del Hospital Virgen de las Nieves de Granada.
Pero no se equivoquen. Aunque pueda parecerlo, el caso clínico antes descrito no ha sido redactado por ninguno de los guionistas de la serie. Tampoco nos hemos trasladado a los decorados de la Fox del Hospital Princenton-Plainsboro en Nuevaa Jersey, y ni siquiera tenemos como compañeros al neurólogo Eric Foreman o la inmunóloga Allison Cameron.
La verdad es que todo nos queda mucho más cerca. Tanto, que cambiaremos el nombre de Anthony Roderick por el de Antonio Rodríguez; verán como así la historia les suena más familiar.

Ya que de historia con "L", es decir de historial, hablan quienes desde hace un par de meses en la Escuela Andaluza de Salud Pública de Granada, intentan cruzar el camino de la bioética, que en cada capítulo, con una gran dosis de sarcasmo se salta nuestro carismático facultativo.
Un curso de introducción que ya va por su tercera edición, y está dirigido a los profesionales que formen parte o vayan a formar parte en las denominadas Comisiones de Ética e Investigación. Pues a diferencia de la distorsionada imagen que dibuja este adulado cojo con su bastón, los médicos del futuro van a tener que equilibrar día a día, y consulta a consulta, su relación con los pacientes.
Basta con citar los cuatro principios fundamentales de la bioética: autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia, para darse cuenta que la lengua viperina no tendrá cabida en el porvenir del trato con los enfermos.

La deliberación moral, el consentimiento informado, la gestión de la información o la capacidad de los pacientes para tomar decisiones, son sólo algunas de las cuestiones que poco a poco se extienden entre los sanitarios a la hora de desarrollar su actividad.

La historia de Ramón Sampedro, el testimonio de Inmacula Echevarría, o el caso de Antonio Rodríguez, dan idea de la delicada situación, a la que sin embargo House atiende con un alto grado de racionalidad y también de desapego. Si bien, en el tema de la eutanasia, la consideración se cierne si cabe más escrupulosa. Pues según Pablo Simón Lorda, profesor de la Escuela Andaluza de Salud Pública y experto en bioética, en alusión a la película de Amenabar Mar Adentro:"el mar tiene más orillas, y una es ésta: si el reconocimiento del derecho personal a la gestión de la vida y de la muerte implica la potestad de otros, o incluso su deber, de corresponder a la petición de muerte".
Mientras, Antonio, ingresado en el hospital por presentar una serie de síntomas que podrían ser la causa de un dilatado abanico de enfermedades, sería diagnosticado por House como unos de esos extraños casos de infección vírica. Quizá, tras decenas de pruebas, su preparado equipo llegaría a la conclusión de que su enfermedad no es otra que el SIDA. Sin embargo, y al igual que ocurrió en la realidad con Antonio, las pruebas del VIH no pueden ser realizadas sin el consentimiento del paciente. Entre otras razones, porque se refiere a una enfermedad de clara connotación social peyorativa.


Así, y atendiendo a la activa vida sexual del
transportista, que revelaba haber mantenido seis relaciones en el último año sin usar con ninguna de ellas preservativo, el médico se encuentra en el dilema moral de informar o no a sus aventuras extramatrimoniales y a su esposa. El problema reside ahora en que el enfermo pretende iniciar el tratamiento sin comunicarle el contagio a su mujer, aunque sí a sus contactos, porque argumenta que eso pondría en peligro su matrimonio.
Seguramente el doctor House, que nos tiene acostumbrados a obviar el secreto profesional y el consentimiento del afectado en el momento de hacer los análisis, hubiera optado por obtener las pruebas antes de cualquier parpadeo para la publicidad. Ataviado con su gabardina, al más puro estilo Sherlock Holmes -personaje en el que el creador de la serie, David Shore, admite haberse basado- habría mirado con lupa cada una de las pistas hasta lograr emerger su gran poder de deducción, a fin de resolver el entramado que hace tan atractivo al protagonista.

Sería probable sorprendernos, al encontrar a nuestro habitual médico de cabecera con ese malhumorado aire, y la irreverente presencia de quien sabe que disfruta de la razón. Porque desde que se redactara por primera vez el Juramento hipocrático en el siglo IV antes de Cristo, ya se recogía la importancia del vínculo médico-paciente, al considerar la medicina una ciencia humana más que natural.
Una teoría latente hoy día en las facultades de Medicina, que lejos de colgar la inexistente bata blanca del doctor House, avanza hasta formar éticamente a los que decidirán si deben o no desenchufarnos del respirador.
Sin embargo, y a pesar de que en la facultad de Medicina de Granada se proponen subir la nota de corte al igual que el mercurio de un termómetro a pleno Sol, los estudiantes veneran la desaparecida ortodoxia que abandera un House, que en el fondo quiere curar.
"Sabe más que yo, así que haría caso de lo que dice. Es un crack, ojalá pudiera ser así de sincero con mis futuros pacientes, aunque lo dudo", explicaba entre risas David, estudiante de quinto curso de Medicina.


Y precisamente la duda, a la hora de actuar en
cada caso clínico, es la semilla que ha hecho germinar una rama hasta hace años marginada en la profesión, la bioética. Cuya misión es "el estudio sistemático de la conducta humana en el ámbito de las ciencias de la vida y de la salud analizada a la luz de los valores y principios morales" (Reich, 1978).
Es la evolución de una disciplina, que como advierte la prestigiosa revista médica British Medical Journal, está provocando la desaparición del parternalismo médico, es decir, de la facultad del galeno para tomar desiciones que afecten al enfermo, en favor de un sistema compartido de opinión entre las dos partes. Pues, aunque se presupone la competencia del facultativo, únicamente el paciente es capaz de conocer su reacción ante la enfermedad, ante el dolor, o cuales son sus circunstancias sociales, hábitos y comportamientos.

Por ello, la comunicación, la asertividad y la coparticipación son tres de los valores más demandandos dentro del presente sistema sanitario español. Valores, que denostados por House, invitan a un diálogo distendido con el enfermo para profundizar en las causas de su dolencia, y por ende, en el tratamiento posterior.
Porque Antonio Rodríguez, que nunca tuvo su minuto de gloria, y al que no sabemos si House le hubiera arreado un bastonazo para que confensara a su mujer el contagio, permanece en la consulta, a la espera de que su médico apague la tele y encienda o entienda su opinión.

viernes, diciembre 01, 2006

Reciclaje


Esta mañana he estado, junto con mis compañeros de blog, en una tienda de segunda mano. Nada más entrar descubrimos que no era sólo una tienda de cosas antiguas. Era mucho más. Era un santuario. Allí había libros y discos de todas las épocas y de todos los estilos. Tal vez podríamos habernos entretenido buscando algún libro, alguna lectura deliciosa o algún volumen descatalogado (Como ese imprescindible 2010), tal vez. Pero nuestra atención se fue hacia los Vinilos. Esas manifestaciones mágicas de la música, ya prácticamente olvidadas. Los LPs supusieron la cima de la intelectualidad musical. Las mejores obras jamás creadas por el ser humano dentro del inmenso universo de la música… todas, fueron publicadas en vinilo. Y si están pensando que considero que ninguna obra maestra de la música se ha publicado en CD, están en lo cierto. Dudo que haya alguna “obra maestra” que sea de la era del Compact Disc. Todas, absolutamente todas, ya habían sido creadas antes de que ese disco diminuto alcanzara la fama.

Sea o no cierta mi teoría, es indiscutible el encanto y la nostalgia, por una época que nosotros no llegamos a conocer, que despierta el sostener un vinilo. Por ello, descubriendo joyas y maravillas, estuvimos más de una hora, pasando un disco tras otro. Bandas Sonoras, Folk, Rock Sinfónico, New Age, canciones de autor, Pop,… español, inglés, italiano,… y siempre, todo, con una inmensa carátula, donde se podían ver los detalles de una esmerada portada y disfrutar de una fotografía. Podríamos haber estado muchas horas más allí si no, ciertamente, hubiera sido porque era hora de irse de tapas (y Juanjo tenía que cumplir su palabra). Cada uno salió de la tienda con un vinilo bajo el brazo, y más felices que un niño el día de Reyes. Javi se decantó por Serrat, y Juanjo por Javier Krahe.

Antes de llegar a la calle, los tres, nos prometimos volver cuanto antes a este santuario.

Resulta muy curioso cómo el avance de la tecnología, reduce la emoción. Si no tenemos en cuenta que el vinilo en realidad posee más calidad sonora que un CD (aunque la aguja produce la impresión de una inferior calidad con el chisporreteo) y sólo tuviéramos en cuenta la sensación de cada uno de los soportes, siempre ganaría el clásico disco de plástico negro (¡Ojo, los hay de otros colores, rojos, azules…!). Una estantería repleta de vinilos, todos ellos seguidos, en sus finas fundas y el encanto de buscar uno en concreto es algo que, siendo similar, no es comparable a buscar un CD en esas estanterías a medida en las que los apilamos. Igualmente resulta más emocionante colocar el vinilo dentro del tocadiscos y situar la aguja suavemente en el comienzo de la cara, que simplemente meter el disco por la ranura del reproductor. Si antes querías buscar una canción en concreto, levantabas la aguja y la llevabas manualmente hasta donde debía comenzar. Ahora, basta con pulsar una tecla delicada cuantas veces sean precisas para llegar a la pista. Puede que ese encanto que le atribuyo resida, simplemente, en que es algo manual, no tan automático. Hacer click sobre un *.mp3, en comparación, llega a ser poco más que una broma. Escuchar música así, mediante el cursor del Mouse, no parece tener mérito alguno. Aunque, en verdad, música es.

El mundo discográfico se encuentra en una situación comprometida. Con la piratería haciendo estragos y con unos intermediarios que roban a los consumidores con los precios de los CDs (por no hablar de las asociaciones mafiosas que aunque privadas se dedican a imponer innecesarios cánones), el futuro parece aún menos emocionante. Si esto sigue así, todo pasará por los archivos digitales, de mala calidad, de escasos kilobits por segundo y con aún menos kilohercios de respuesta. Cuando sólo exista eso, el romanticismo de ir a una tienda y buscar música, será poco más que un hecho primitivo. Pero yo, desde luego, el tiempo que he pasado en esa tienda buscando vinilos no lo cambiaría por todo el tiempo del mundo delante del emule.

Afortunadamente, aún hay muchos tocadiscos en el mundo, y mientras ellos existan, aún existirá la música, encerrada entre surcos y dominada por la electricidad estática.

Por cierto, el vinilo que yo compré fue Ommadawn, del año 1975, una maravilla de Mike Oldfield.



 

Ménage à Trois