Ménage à trois

domingo, diciembre 10, 2006

El doctor sin HOUSE (reportaje)

Anthony Roderick.Varón. Casado. Treinta y cinco años.
Transportista internaci
onal. Sufre agotamiento
prolongado, episodios nocturnos de febrícula y pérdida de peso no intencionada. No suele acudir a la consulta salvo por ocasionales infecciones de la vías respiratorias, aunque tiene antecedentes de enfermedades de transmisión sexual (ETS), y está resfriado
¿Resfriado? Pregunta irónicamente el doctor a la joven residente mientras su mano derecha aprieta una de esas esponjosas bolas antiestrés.
Sí, resfriado. Acaba de ingresar, está en la habitación sesenta y nueve con 38º de fiebre.
¡Vaya! Qué mala suerte... habrá que buscar un pañito mojado para bajarle ese calentón. Con lo que simpre me ha gustado ese número[...]

Éste podría ser un fragmento del guión de una de las series de mayor actualidad de la televisión: el doctor House. Un médico que con nombre de casa, ha entrado en los hogares españoles después de visitar la morada ficción de los americanos.
Porque House, que rara vez despertaría la simpatía de los pacientes en la vida real, paradójicamente, resulta gracioso cuando su intolerancia se muestra en la gran pantalla. "Nuetra sociedad no aceptaría a un médico como él, pero en la tele resulta simpático", comentaba uno de los especialistas en cuidados paliativos del Hospital Virgen de las Nieves de Granada.
Pero no se equivoquen. Aunque pueda parecerlo, el caso clínico antes descrito no ha sido redactado por ninguno de los guionistas de la serie. Tampoco nos hemos trasladado a los decorados de la Fox del Hospital Princenton-Plainsboro en Nuevaa Jersey, y ni siquiera tenemos como compañeros al neurólogo Eric Foreman o la inmunóloga Allison Cameron.
La verdad es que todo nos queda mucho más cerca. Tanto, que cambiaremos el nombre de Anthony Roderick por el de Antonio Rodríguez; verán como así la historia les suena más familiar.

Ya que de historia con "L", es decir de historial, hablan quienes desde hace un par de meses en la Escuela Andaluza de Salud Pública de Granada, intentan cruzar el camino de la bioética, que en cada capítulo, con una gran dosis de sarcasmo se salta nuestro carismático facultativo.
Un curso de introducción que ya va por su tercera edición, y está dirigido a los profesionales que formen parte o vayan a formar parte en las denominadas Comisiones de Ética e Investigación. Pues a diferencia de la distorsionada imagen que dibuja este adulado cojo con su bastón, los médicos del futuro van a tener que equilibrar día a día, y consulta a consulta, su relación con los pacientes.
Basta con citar los cuatro principios fundamentales de la bioética: autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia, para darse cuenta que la lengua viperina no tendrá cabida en el porvenir del trato con los enfermos.

La deliberación moral, el consentimiento informado, la gestión de la información o la capacidad de los pacientes para tomar decisiones, son sólo algunas de las cuestiones que poco a poco se extienden entre los sanitarios a la hora de desarrollar su actividad.

La historia de Ramón Sampedro, el testimonio de Inmacula Echevarría, o el caso de Antonio Rodríguez, dan idea de la delicada situación, a la que sin embargo House atiende con un alto grado de racionalidad y también de desapego. Si bien, en el tema de la eutanasia, la consideración se cierne si cabe más escrupulosa. Pues según Pablo Simón Lorda, profesor de la Escuela Andaluza de Salud Pública y experto en bioética, en alusión a la película de Amenabar Mar Adentro:"el mar tiene más orillas, y una es ésta: si el reconocimiento del derecho personal a la gestión de la vida y de la muerte implica la potestad de otros, o incluso su deber, de corresponder a la petición de muerte".
Mientras, Antonio, ingresado en el hospital por presentar una serie de síntomas que podrían ser la causa de un dilatado abanico de enfermedades, sería diagnosticado por House como unos de esos extraños casos de infección vírica. Quizá, tras decenas de pruebas, su preparado equipo llegaría a la conclusión de que su enfermedad no es otra que el SIDA. Sin embargo, y al igual que ocurrió en la realidad con Antonio, las pruebas del VIH no pueden ser realizadas sin el consentimiento del paciente. Entre otras razones, porque se refiere a una enfermedad de clara connotación social peyorativa.


Así, y atendiendo a la activa vida sexual del
transportista, que revelaba haber mantenido seis relaciones en el último año sin usar con ninguna de ellas preservativo, el médico se encuentra en el dilema moral de informar o no a sus aventuras extramatrimoniales y a su esposa. El problema reside ahora en que el enfermo pretende iniciar el tratamiento sin comunicarle el contagio a su mujer, aunque sí a sus contactos, porque argumenta que eso pondría en peligro su matrimonio.
Seguramente el doctor House, que nos tiene acostumbrados a obviar el secreto profesional y el consentimiento del afectado en el momento de hacer los análisis, hubiera optado por obtener las pruebas antes de cualquier parpadeo para la publicidad. Ataviado con su gabardina, al más puro estilo Sherlock Holmes -personaje en el que el creador de la serie, David Shore, admite haberse basado- habría mirado con lupa cada una de las pistas hasta lograr emerger su gran poder de deducción, a fin de resolver el entramado que hace tan atractivo al protagonista.

Sería probable sorprendernos, al encontrar a nuestro habitual médico de cabecera con ese malhumorado aire, y la irreverente presencia de quien sabe que disfruta de la razón. Porque desde que se redactara por primera vez el Juramento hipocrático en el siglo IV antes de Cristo, ya se recogía la importancia del vínculo médico-paciente, al considerar la medicina una ciencia humana más que natural.
Una teoría latente hoy día en las facultades de Medicina, que lejos de colgar la inexistente bata blanca del doctor House, avanza hasta formar éticamente a los que decidirán si deben o no desenchufarnos del respirador.
Sin embargo, y a pesar de que en la facultad de Medicina de Granada se proponen subir la nota de corte al igual que el mercurio de un termómetro a pleno Sol, los estudiantes veneran la desaparecida ortodoxia que abandera un House, que en el fondo quiere curar.
"Sabe más que yo, así que haría caso de lo que dice. Es un crack, ojalá pudiera ser así de sincero con mis futuros pacientes, aunque lo dudo", explicaba entre risas David, estudiante de quinto curso de Medicina.


Y precisamente la duda, a la hora de actuar en
cada caso clínico, es la semilla que ha hecho germinar una rama hasta hace años marginada en la profesión, la bioética. Cuya misión es "el estudio sistemático de la conducta humana en el ámbito de las ciencias de la vida y de la salud analizada a la luz de los valores y principios morales" (Reich, 1978).
Es la evolución de una disciplina, que como advierte la prestigiosa revista médica British Medical Journal, está provocando la desaparición del parternalismo médico, es decir, de la facultad del galeno para tomar desiciones que afecten al enfermo, en favor de un sistema compartido de opinión entre las dos partes. Pues, aunque se presupone la competencia del facultativo, únicamente el paciente es capaz de conocer su reacción ante la enfermedad, ante el dolor, o cuales son sus circunstancias sociales, hábitos y comportamientos.

Por ello, la comunicación, la asertividad y la coparticipación son tres de los valores más demandandos dentro del presente sistema sanitario español. Valores, que denostados por House, invitan a un diálogo distendido con el enfermo para profundizar en las causas de su dolencia, y por ende, en el tratamiento posterior.
Porque Antonio Rodríguez, que nunca tuvo su minuto de gloria, y al que no sabemos si House le hubiera arreado un bastonazo para que confensara a su mujer el contagio, permanece en la consulta, a la espera de que su médico apague la tele y encienda o entienda su opinión.

4 Comments:

  • Tío, escribes que te cagas. De verdad. Pero deberías hacer más caso al corrector ortográfico de tu procesador de textos, porque has colado algunas erratas que deslucen, incluso dan comicidad, a tu reportaje:
    desapareciada (sobra una a)
    prescisamente (sobra una s)
    distentendido (sobra un ten)
    intolerencia (a en lugar de e)
    día a a día (sobra una a)
    los cuatros principios (sobra una s)
    periorativa (es peyorativa, mira la RAE)
    Lo demás me ha gustado mucho, aunque he tenido que leerlo dos veces para enterarme bien de todo.

    By Anonymous Anónimo, at lunes, diciembre 11, 2006 7:22:00 p. m.  

  • Tienes toda la razón. De vez en cuando la prisa margina demasiado al corrector del Word, quizá porque uno parece cansado ante tanta línea subrayada en rojo o en verde. De todas formas, se agredece la observación. Siempre es bueno corregir las erratas y las lamentables faltas de ortografía.

    By Anonymous Anónimo, at lunes, diciembre 11, 2006 8:42:00 p. m.  

  • Muy bueno este blog, siempre hay cosas interesantes para leer, espero que continueis escribiendo los tres, y darle las gracias a Juanjo por darme la dirección. Se les saluda desde Catalunya!

    P.D.: Juanjo, a ver si tenemos oportunidad de vernos, que desde el siglo pasado que no te veo, en una boda, me parece que fue, no se hace mucho; venga agur!!

    By Anonymous Anónimo, at lunes, diciembre 11, 2006 8:53:00 p. m.  

  • Estoy en clase de la seño. Juanjo no ha venido y Edu está viendo páginas de Mike Oldfield.





    Que vienen los indios!!!!!!!

    By Anonymous Anónimo, at martes, diciembre 12, 2006 12:21:00 p. m.  

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