Australia arde y nosotros sin sentido común.
Les voy a pedir, en esta ocasión, que imaginen conmigo. Será un ejercicio sencillo. Sólo hay que imaginarse caras.
Imaginen una población cualquiera de un país cualquiera. Ahora visualícenla. Encontrarán a personas normales y corrientes, con sus vidas, sus problemas, sus ocupaciones, sus amores, sus temores, sus pasiones. Habrá personas que quieran a sus hijos. También las habrá que aspiren a ganar dinero a espuertas. Tiene que haber, por supuesto, gente que disfrute con la belleza. Habrá pintores. Y médicos. Hasta abogados. Gente que limpie los portales de los edificios. Gente que rellene formularios. Observen que hay chicas guapas. Y también tíos bastantes feos. Encontramos maridos infieles. Mujeres que ocultan embarazos. Políticos que dicen mentiras en su cama. Y hasta chavales comprando revistas porno. Hay personas de todo tipo. Famosos. Famosillos. Ustedes mismos, estén donde estén y hagan lo que hagan, podrían ser un perfecto ejemplo de una persona cualquiera.
Las personas normales, como ustedes y como yo, tenemos sentido común. Todo el mundo lo tiene. Tal vez algunos individuos lo tengan más atrofiado que otros… eso explicaría muchas cosas. Pero por derecho propio, cada uno de los humanos posee determinadas… funciones. Entre esas funciones está el sentido común. Éste, nos lleva a juzgar siguiendo una especie de objetividad superior, cada uno de los actos que nos mueven a lo largo de nuestra vida. Ese sentido común hará que jamás se nos ocurra meter la mano en una hoguera. Por simple observación, desde que somos niños descubrimos que el fuego quema, y que por nuestra salud, no debemos interponer partes de nuestro cuerpo en el camino de ninguna llama. Del mismo modo, cuando nos asomamos a un acantilado o al vacío desde un edificio alto, lo último que se nos pasa por la cabeza es ponernos a hacer aspavientos (los hay que lo hacen, pero eso más que temerarios es que son idiotas). Sabemos que una caída de un sitio superior a un metro, ya conlleva dolor o la muerte. La observación, como vemos, es imprescindible para poder hacer uso de un útil sentido común.
La observación, nos lleva a la Educación. Con observación, quiero referirme a todo lo que llega al encéfalo procedente del exterior, es decir, imagen, sonido, tacto, etcétera. La Educación, con mayúscula, es el proceso por el cual creamos el sentido común. Gracias a lo observado y aprendido, puede que no quisiéramos escupirle a un Guardia Civil nada más acercarse a nuestro coche para pedirnos la documentación. Del mismo modo, no le pegaríamos un guantazo a nuestro jefe cada día al entrar en la oficina (si se deja, ojo, debemos hacerlo). El sentido común, por tanto, nos protege. Si le escupiéramos a la benemérita por simple acto reflejo, más nos valdría demostrar que es un problema psicológico, porque de lo contrario, nos caería una buena multa (si no una hostia, que es lo que tocaría en otros tiempos). Y si saltáramos desde un rascacielos con la idea de que el suelo va a ser de goma, es muy probable que descubriéramos la realidad bien tarde.
Éstas son cosas que no hemos nacido sabiéndolas. Las hemos aprendido. Si en nuestra casa nos hubieran dicho desde siempre que a los agentes del orden, hay que escupirles, seguro que lo estaríamos haciendo con toda la naturalidad del mundo. Pero a la primera manifestación de querer hacerlo, nuestras madres nos dijeron que ni se nos ocurriera, que se nos podía caer el pelo. Y nosotros, impresionados antes la idea de la alopecia, decidimos no escupirles a los guardias civiles. Así pues, el sentido común, el menor de todos los sentidos, es producto de lo que nos han enseñado. Si nos enseñan que la lluvia, por ejemplo, produce la muerte, os aseguro que ninguno de nosotros sabría qué es sentir las gotas caer sobre nuestras cabezas en una tarde de invierno. Huiríamos de la lluvia con desesperación.
Pero el sentido común no se limita a actos físicos, digamos. Este sentido nos hace reaccionar ante los demás. Nuestro sistema político, social, económico y demás, hace que tengamos unos principios creados según nuestra socialización. De ahí que veamos la libertad de expresión, o el divorcio como algo de sentido común. Mucha gente no llega a comprender cómo dos mujeres o dos hombres pueden llegar a casarse. El sistema de razonamiento de estas personas, su sentido común, no asimila, de ninguna manera, la homosexualidad. Hace un tiempo, muchas voces se alzaron contra el matrimonio, que eso iba a destruir la familia tradicional, que dejaría huérfanos por doquier, que el mundo de Dios se acabaría. Pues ni el mundo se acabó, ni hay huérfanos por las esquinas y, mucho menos, la familia ha desaparecido. A muchos, la mayoría, nos parece razonable y absolutamente normal, que se amplíen los derechos y las libertades. Estamos en el mundo civilizado, y por tanto, es de sentido común que se dote de total control sobre su vida a cualquier persona. A nadie se le puede imponer una voluntad ajena, me dice mi sentido común. Esto sí es alterable cuando una persona está inflingiendo daño a otra, entonces el Estado, mediante leyes explícitas, ha de ejercer la violencia para la que está autorizado y castigar al individuo de marras. Una vez más, esto es una conjetura derivada de mi sistema de razonamiento, que puede no ser compartido por todo el mundo.
Pues bien, ahí es muy probable que esté la clave. No todo el mundo posee el mismo sentido común. Hay personas que escupen a policías, o que se la juegan al borde de un acantilado por mero entretenimiento, o que meten la mano en el fuego para echarse unas risas. Así pues hay personas que matan a otras personas. Pero hay algo que es compartido por todo el mundo, por todos y cada uno de los solitarios huéspedes de este planeta: el querer sobrevivir.
Y esto me lleva a pensar que hay una minoría, porque lo son, una minoría, que no quiere sobrevivir. Si no, ¿cómo diablos alguien puede gritar a favor de la dictadura de Pinochet? ¿Cómo es posible que la gente llore porque ese asesino, ese dictador, ese gran hijo de puta, haya muerto? ¿Cómo es defendible? Mis valores, mi amor a la vida, mi placer ante la libertad, mi confianza en la humanidad, todo, absolutamente todo lo que hay en mí se enfrenta, choca, ante el sentido común de esas personas.
¿Es que quieren vivir sin libertades? ¿Quieren que les impidan pensar diferente? ¿Les gusta ver a sus compatriotas lanzados desde aviones? ¿Sienten placer al desear la muerte a todos los que no son como ellos?
En mi casa me enseñaron a ser responsable y a ser consecuente con mis actos. Me enseñaron unos principios de profesionalidad y de compromiso. También me enseñaron a querer a este planeta, a ver sus riquezas. Y éstas no son sólo montañas, ríos, bosques, sino sus gentes. Me encanta la diversidad que contiene esta pequeña roca que orbita al Sol, y me enfurece saber que hay personas que odian esa diversidad. Mi sentido común choca con el de esas personas.
Por tanto, volvamos al ejercicio que quería que hicieran conmigo. Imaginen una sociedad, con todas sus caras, con todas sus vidas. Y ahora piensen que llegan unos pocos y les ponen a todos la misma cara, la misma vida. Y si alguien se enfrenta a ello, tendrá cómo única recompensa a su sentido común, la muerte. ¿Es posible que una sociedad sea así feliz? ¿Es posible que una sociedad dictatorial de cabida al sentido común? No.
Y mientras, Australia, ardiendo.
Imaginen una población cualquiera de un país cualquiera. Ahora visualícenla. Encontrarán a personas normales y corrientes, con sus vidas, sus problemas, sus ocupaciones, sus amores, sus temores, sus pasiones. Habrá personas que quieran a sus hijos. También las habrá que aspiren a ganar dinero a espuertas. Tiene que haber, por supuesto, gente que disfrute con la belleza. Habrá pintores. Y médicos. Hasta abogados. Gente que limpie los portales de los edificios. Gente que rellene formularios. Observen que hay chicas guapas. Y también tíos bastantes feos. Encontramos maridos infieles. Mujeres que ocultan embarazos. Políticos que dicen mentiras en su cama. Y hasta chavales comprando revistas porno. Hay personas de todo tipo. Famosos. Famosillos. Ustedes mismos, estén donde estén y hagan lo que hagan, podrían ser un perfecto ejemplo de una persona cualquiera.
Las personas normales, como ustedes y como yo, tenemos sentido común. Todo el mundo lo tiene. Tal vez algunos individuos lo tengan más atrofiado que otros… eso explicaría muchas cosas. Pero por derecho propio, cada uno de los humanos posee determinadas… funciones. Entre esas funciones está el sentido común. Éste, nos lleva a juzgar siguiendo una especie de objetividad superior, cada uno de los actos que nos mueven a lo largo de nuestra vida. Ese sentido común hará que jamás se nos ocurra meter la mano en una hoguera. Por simple observación, desde que somos niños descubrimos que el fuego quema, y que por nuestra salud, no debemos interponer partes de nuestro cuerpo en el camino de ninguna llama. Del mismo modo, cuando nos asomamos a un acantilado o al vacío desde un edificio alto, lo último que se nos pasa por la cabeza es ponernos a hacer aspavientos (los hay que lo hacen, pero eso más que temerarios es que son idiotas). Sabemos que una caída de un sitio superior a un metro, ya conlleva dolor o la muerte. La observación, como vemos, es imprescindible para poder hacer uso de un útil sentido común.
La observación, nos lleva a la Educación. Con observación, quiero referirme a todo lo que llega al encéfalo procedente del exterior, es decir, imagen, sonido, tacto, etcétera. La Educación, con mayúscula, es el proceso por el cual creamos el sentido común. Gracias a lo observado y aprendido, puede que no quisiéramos escupirle a un Guardia Civil nada más acercarse a nuestro coche para pedirnos la documentación. Del mismo modo, no le pegaríamos un guantazo a nuestro jefe cada día al entrar en la oficina (si se deja, ojo, debemos hacerlo). El sentido común, por tanto, nos protege. Si le escupiéramos a la benemérita por simple acto reflejo, más nos valdría demostrar que es un problema psicológico, porque de lo contrario, nos caería una buena multa (si no una hostia, que es lo que tocaría en otros tiempos). Y si saltáramos desde un rascacielos con la idea de que el suelo va a ser de goma, es muy probable que descubriéramos la realidad bien tarde.
Éstas son cosas que no hemos nacido sabiéndolas. Las hemos aprendido. Si en nuestra casa nos hubieran dicho desde siempre que a los agentes del orden, hay que escupirles, seguro que lo estaríamos haciendo con toda la naturalidad del mundo. Pero a la primera manifestación de querer hacerlo, nuestras madres nos dijeron que ni se nos ocurriera, que se nos podía caer el pelo. Y nosotros, impresionados antes la idea de la alopecia, decidimos no escupirles a los guardias civiles. Así pues, el sentido común, el menor de todos los sentidos, es producto de lo que nos han enseñado. Si nos enseñan que la lluvia, por ejemplo, produce la muerte, os aseguro que ninguno de nosotros sabría qué es sentir las gotas caer sobre nuestras cabezas en una tarde de invierno. Huiríamos de la lluvia con desesperación.
Pero el sentido común no se limita a actos físicos, digamos. Este sentido nos hace reaccionar ante los demás. Nuestro sistema político, social, económico y demás, hace que tengamos unos principios creados según nuestra socialización. De ahí que veamos la libertad de expresión, o el divorcio como algo de sentido común. Mucha gente no llega a comprender cómo dos mujeres o dos hombres pueden llegar a casarse. El sistema de razonamiento de estas personas, su sentido común, no asimila, de ninguna manera, la homosexualidad. Hace un tiempo, muchas voces se alzaron contra el matrimonio, que eso iba a destruir la familia tradicional, que dejaría huérfanos por doquier, que el mundo de Dios se acabaría. Pues ni el mundo se acabó, ni hay huérfanos por las esquinas y, mucho menos, la familia ha desaparecido. A muchos, la mayoría, nos parece razonable y absolutamente normal, que se amplíen los derechos y las libertades. Estamos en el mundo civilizado, y por tanto, es de sentido común que se dote de total control sobre su vida a cualquier persona. A nadie se le puede imponer una voluntad ajena, me dice mi sentido común. Esto sí es alterable cuando una persona está inflingiendo daño a otra, entonces el Estado, mediante leyes explícitas, ha de ejercer la violencia para la que está autorizado y castigar al individuo de marras. Una vez más, esto es una conjetura derivada de mi sistema de razonamiento, que puede no ser compartido por todo el mundo.
Pues bien, ahí es muy probable que esté la clave. No todo el mundo posee el mismo sentido común. Hay personas que escupen a policías, o que se la juegan al borde de un acantilado por mero entretenimiento, o que meten la mano en el fuego para echarse unas risas. Así pues hay personas que matan a otras personas. Pero hay algo que es compartido por todo el mundo, por todos y cada uno de los solitarios huéspedes de este planeta: el querer sobrevivir.
Y esto me lleva a pensar que hay una minoría, porque lo son, una minoría, que no quiere sobrevivir. Si no, ¿cómo diablos alguien puede gritar a favor de la dictadura de Pinochet? ¿Cómo es posible que la gente llore porque ese asesino, ese dictador, ese gran hijo de puta, haya muerto? ¿Cómo es defendible? Mis valores, mi amor a la vida, mi placer ante la libertad, mi confianza en la humanidad, todo, absolutamente todo lo que hay en mí se enfrenta, choca, ante el sentido común de esas personas.
¿Es que quieren vivir sin libertades? ¿Quieren que les impidan pensar diferente? ¿Les gusta ver a sus compatriotas lanzados desde aviones? ¿Sienten placer al desear la muerte a todos los que no son como ellos?
En mi casa me enseñaron a ser responsable y a ser consecuente con mis actos. Me enseñaron unos principios de profesionalidad y de compromiso. También me enseñaron a querer a este planeta, a ver sus riquezas. Y éstas no son sólo montañas, ríos, bosques, sino sus gentes. Me encanta la diversidad que contiene esta pequeña roca que orbita al Sol, y me enfurece saber que hay personas que odian esa diversidad. Mi sentido común choca con el de esas personas.
Por tanto, volvamos al ejercicio que quería que hicieran conmigo. Imaginen una sociedad, con todas sus caras, con todas sus vidas. Y ahora piensen que llegan unos pocos y les ponen a todos la misma cara, la misma vida. Y si alguien se enfrenta a ello, tendrá cómo única recompensa a su sentido común, la muerte. ¿Es posible que una sociedad sea así feliz? ¿Es posible que una sociedad dictatorial de cabida al sentido común? No.
Y mientras, Australia, ardiendo.

1 Comments:
IMAGINE ALL THE PEOPLE
LIVING LIFE IN PEACE...
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Anónimo, at jueves, diciembre 14, 2006 6:57:00 p. m.
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